En la central de autobuses cada paso que damos mi padre y yo, huelen a distancia y esperanza agobiante.
Sentados en la sala de espera, dibujamos en los labios sonrisas obligadas antes de que los ojos aborten unas cuantas lagrimas.
La voz de la operadora se convierte en grito que revienta las paredes del alma.
"pasajeros con destino a Acapulco a las 23 horas, favor de abordar el autobús que se encuentra en el anden número 6."
Ese llamado heló el ambiente y el ruido se perdió en un corazón que se vació de golpe.
La voz vuelve a anunciar la salida.
Mi padre y yo intercambiamos miradas, caminamos sin ganas de caminar, tan lento como sus pasos cansados. Un beso en la mejilla y tres frases consoladoras salen huérfanas de emoción al momento que él sube al autobús: cuídate, te quiero mucho, me llamas cuando llegues.
El lugar se convierte en humo, mi cuerpo en nada.
Salgo a la calle con una punzada en mi garganta... Intento distraer mi tristeza con el movimiento de la gente, los autos y el centenar de luces.
Hay dolores que no pueden maquillarse, que no se pueden callar aunque se quieran jalar hacia adentro del estomago. Hay dolores que se convierten en suspiros eternos que oxigenan y prolongan las primaveras.
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