martes, 17 de mayo de 2016

Cavilaciones Matinales.

Camino por el jardín de mi casa. Se me antoja persuadir mi estómago
e invitarlo a medio día a tomar una taza de café con pan sin tener cuidado 
si subo de peso o no.               
Cavilo, diseño la vida y me dejo llevar por la necesidad de pensar.  
Recorro ese pequeño mundo que me rodea.  
Miro los paisajes hasta internarme en sus espacios más recónditos y 
espesos; deambulo y dejo que sus caminos me sumerjan en su hábitat 
tranquilo, con el único objetivo de aprender el idioma de las ramas de los 
árboles que se mueven y platican con sus pares.  
Me empapo del aroma que comparten los árboles de huizaches, de pirules 
y pinos, del exquisito perfume de las jarillas que detienen mi paso, lo inhalo 
profundamente hasta quedar extasiada.
Marcho por la orilla del canal de riego que alimenta las parcelas, ahí se
retrata un mundo maravillosamente agradable. Observo a cada paso la tierra que piso, 
husmeo el ambiente, escucho la música suave que el viento y las aves 
entonan armoniosamente, pateo las piedras y acaricio la hierba. 
Me detengo para tomar foto a los hermosos paisajes y las guardo en mi memoria.  
Me abrazo a la naturaleza porque tiene la magia seductora del silencio que permite 
escuchar hasta el canto de los grillos que guardados bajo las piedras o escondidos 
entre las cortezas de los árboles se silencian con la luz del día. 
Compongo el mundo, sueño mientras camino. Regreso  a casa, me desenredo 
de tanto espejismo y boto las correcciones que hice.


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