viernes, 12 de agosto de 2016

La Ciudadela.

El rostro citadino despierta al alba con el virus que los enseñantes siembran con sus cantos. Valor, alegrías, paciencia y pasión armonizadas. Corajes que denuncian y exigen.

Cosmos multicolores de oleajes turbulentos con olor a añoranzas y sabor a triunfo.

Inquilinos idealistas de tiempos venturosos, emergen de la tierra húmeda, fluyen de la raíz de los arboles para hacer del follaje coposo un manantial soñamundos.

Contaminados hasta médula, los arbustos rebosantes de energía aprenden en la clandestinidad a vivir sensibilidades humanas inyectadas por los maestros. Miran rostros, comprenden, callan, confían, sufren, perseveran y resisten.
Solidarios gigantes abrazan a los exiliados de sus pueblos que llegaron a tatuar el suelo de esta imponente zona para dibujar la nueva geografía.

Alguna deidad envió las voces pletóricas de cantos nuevos para convertir a la Ciudadela en un santuario de fe esperanzadora.




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